Yo podría vivir en la mandíbula de Hegesias,
y echar mi cobertor sobre todos los abismos,
atrapar el vuelo de la golondrina con mi paño
y escarbar en los huertos vacíos del presente.
Despierto siempre la nuez dolida de mi boca,
hay en ello el temblor de una roca anhelante,
no hay sitio para el murmullo de mi cabeza:
renglón que cubre el espacio de mi cerebro.
La cuerda de todas las palabras que me grito
la envuelvo en el trompo de mis soledades
y así lanzo a rotar el pensamiento deseante
sobre el azulejo interminable de la bruma.
Hay un no dormir, una abolición del término
en cada paso de mi chancla, un entender
que no dejarán de perseguirme los caballos
que, constantemente, huyen de mi maleza.
