sábado, 19 de septiembre de 2026

Yacimiento arqueológico de mí











Casualidad cósmica: nací aquí.

En esa esquina pasaba las horas

intercambiando cromos y liando

la cuerda en el trompo infinito.


Todo era vértigo de cuerda y hierro.


Ana Belén me enseñó los senos

como delfines saltando en su carne

a la vuelta de la esquina mientras

su madre nos miraba desde el balcón.


La infancia y sus cabañas florecían

bajo el almendro. Había una alberca

a las afueras llena de renacuajos

donde nos mirábamos ondear.


Mi madre nos mandaba a buscar

a papá al bar, sus tardes oblicuas

eran largas como el rizoma, lentas

como la noche en vela del verano.


Mi hermano murió en mí, su nombre

marca el compás del tambor que llevo,

nazareno del Jesús preso de los abismos,

vivo dos veces, respiro apenas por dos.


María Teresa me enseñó a confesar,

sus grandes coloretes, su pelo corto

antiguo como el taquillón y la cacerola.

Todavía sueño con su entierro.


Los amigos eran lo irreverente.

Juancri subía a los árboles poseído

por el escozor perpetuo de la adolescencia,

amaba y desaparecía entre las ramas.


Vi a las niñas esmirriadas llenarse

la boca de cerezas, mudarles el paso

en vuelo bello sobre el pecho afrutado.

Pasé pasmado un lustro de miradas.


Ángel y yo hablábamos sin término

en todas las esquinas del amor y el secreto,

su voz de oboe explotaba en la risa,

en el parpadeo cómplice de los estragos.


Recuerdo que a altas horas de la maraña

di mi primer morreo de ginebra y de tabaco

a los rizos de María José en la discoteca.

Siempre se entra a oscuras por la boca.


Qué de hogueras desde entonces con Eva

y con Cristina, la una tenía el sexo blanco

como una caracola: escuchaba dentro el mar;

la otra un manzano de serpientes y de coco.


Tan pronto desollaba el abuelo un conejo

como preparaba la abuela los andrajos.

Sonaban las campanas de la iglesia

anunciando mi vida con remordimiento.


Un día me fui de aquí, me fui sin pena,

se huye de uno mismo para no verse el hueco,

hay un hambre en mí que no cabe aquí

ni en el coño de los amores vencidos.


Pero reconozco que regresar insufla arena,

algo parecido al ardor del acercamiento.

Qué habrá sido de Rocío, qué de Marilola,

qué habrá sido de mí, dónde demonios estoy.

15 de septiembre de 2026











El día que conocí a mi hija,

15 de septiembre de 2026,

olía Madrid a río y nacimiento,

pululaban los ojos de Isel

como faros en los badenes,

el cielo estaba azul de vendimias,

y en mi latido había una baqueta 

cantando de puro sueño.


Era 15 de septiembre, un día cualquiera,

bello era el andar de las farolas

abiertas como un alumbramiento,

mi hija me dio unas migas de pan,

un lápiz naranja, tenía pestañas 

curvadas como golondrinas.


Qué bello este día, uno más de tantos,

un milagro raro y dorado en el tiempo,

un día redondo como una castaña

puesta al remojo de la espera.

Qué de botijos a la sombra

y qué de nervios atropellados.


Era un 15 de septiembre, estoy seguro,

porque yo no sabía ni dónde estaba

ni cuál era mi papel en esta escena:

una niña bella como una trampa

dando sus primeros pasos hasta ti

y yo colmado, henchido de sorpresas

como una piñata esperando el día.


Bigorne











Nado pez en la orilla del Paiva 

frío como una corriente de canciones.

Recorro el camino de los helechos 

con piernas de versos y granito.


Dentro de los ojos tocan la bandurria 

los huesos carcomidos de los muertos,

soy el pájaro de lo alto de la roca

cuya garra sujeta los trinos de la iglesia.


El camino es un cuerpo desplegado

transitado por un desfile de castaños,

símbolos en las piedras y en la noche,

membrillo colgado en el labio de la era.


Digo la palabra Porto con voz de luna,

la palabra Bigorne con voz de amuleto. 

Me tumbo al lado del sol y respiro.

La ropa se viste con senos de aire.

sábado, 27 de junio de 2026

Trompo












Yo podría vivir en la mandíbula de Hegesias,

y echar mi cobertor sobre todos los abismos,

atrapar el vuelo de la golondrina con mi paño

y escarbar en los huertos vacíos del presente.


Despierto siempre la nuez dolida de mi boca,

hay en ello el temblor de una roca anhelante,

no hay sitio para el murmullo de mi cabeza:

renglón que cubre el espacio de mi cerebro.


La cuerda de todas las palabras que me grito

la envuelvo en el trompo de mis soledades

y así lanzo a rotar el pensamiento deseante

sobre el azulejo interminable de la bruma.


Hay un no dormir, una abolición del término 

en cada paso de mi chancla, un entender 

que no dejarán de perseguirme los caballos

que, constantemente, huyen de mi maleza.


viernes, 1 de agosto de 2025

Llamas rojas

 











Soñé con llamas cubiertas de estandartes,

sus cuerpos eran brasa domada por la honra,

marchaban con el silencio de los confines 

como el ejército antiguo de mis dolores.


Sobre ellas cabalgaban guerreros del sueño,

con pechos de escudo, rojos de coraje,

con ojos que miraban la sangre de los soles,

la sangre de sí mismos en los arroyuelos.


Yo llevaba puesta la única armadura 

que llevan los cuerpos de la desmemoria

al sitio donde el alma olvida su obediencia

y es hermosa e inevitable la riña.


Desperté, el pecho ardiendo como un campo,

el azor sobrevolando mi frente en la altura.

En mí, además del labio, algo vestía de rojo:

arúspice esparciendo llamas sobre las llamas.

sábado, 19 de julio de 2025

Casa da Eira













Hay piedras grandes hechas para abrazarlas,

caminos que llevan a caminos, nubes a nubes,

un tren atraviesa el cuerpo sosegado del río

por campos llenos del pico de los sinsontes.


Uno no debería marcharse del sitio encontrado

si en él abunda ya y rebota lo genuino,

¿Por qué huir de la batalla tranquila,

del tiempo fresco y de las casas viejas?


Si uno no se mira salvo en ciertos espejos

y vive generalmente hecho de ira y de trapo,

a qué regresar a la hoguera enardecida,

donde la piel no es sino grima y baluarte.


Abro las ventanas de la casa de la era

y desde aquí veo la vida puesta en terrazas:

a un lado el deseo, al otro, la caída segura

y en medio el camino estertóreo de lo manso.


Aquí cuelga de mi esternón la feliz aldaba,

mis ojos tienen siglos, mi pie pertenencia,

una sangre de anguila recorre esta entrada,

afuera amanecen dormidas las lucernas.


lunes, 14 de julio de 2025

En el lugar sin bordes











Hay una cosa que me alivia: no he nacido aún,

no soy hombre, ni esposo, ni padre;

no tengo rostro definido, ni el amor

me espera tumbado en las colinas melladas.


Aquí, donde me descanso no hay luna,

no hay soles que me señalen el camino.

La luz —si la hay— procede de lo oscuro,

de la pupila del gato y el limonero.


No ser el refugio de nadie me refugia,

no ser el abrigo me abriga, no ser nada 

me reencuentra con el viejo amigo:

ese uno mismo siendo otro para sí.


Floto sin orilla, en eso consiste llegar,

en mantenerse en el lugar sin bordes,

lugar de la geometría perversa, el filo

donde reside la paz de no tener historia.