lunes, 19 de julio de 2010
domingo, 18 de julio de 2010
sábado, 17 de julio de 2010
Música
Anoche, a las 3.30, justo después de haber terminado de ver Copying Beethoven con mi primo Chema, empezamos a hablar de música hasta que amanece. Llegamos a la conclusión de que, si bien todas las artes producen un estremecimiento y eso explica su supervivencia, es la música la que con mayor efecto maquina sus convulsiones. Realmente nunca me lo había plantado antes pero Chema lo delimitó de forma sencillísima: Mira Pedro, si es que con el tiempo, ni el amor (su mujer, Dama, dormía), vale, la pintura y eso que escribes y todo eso está bien, pero lo que realmente hace que se me ponga el pelo de punta es la música. Esto me lo dice después de que ayer los acribillara a todos con Ludwing toda la tarde porque antes de ir a la biblioteca llamé a Mercedes, la bibliotecaria a la que conozco ya de leérmelo todo, para que me preparara todo lo que tienen de Beethoven y, como es muy maja, me permite el privilegio de llevarme todo lo que me plazca, y no los tres libros como máximo, o los tres cds como máximo, o las tres películas en dvd. Así las cosas, cuando Chema escuchó la novena sinfonía tal y como es y no esa mariconada del Himno de la alegría que nos obligan a cantar en las clases de música del instituto, se quedó alucinado. La conclusión a la que llegamos me hizo pensar mucho, tenía razón, yo sentía igual, de hecho es muy difícil que yo me ponga a pintar sin música de fondo o sin que alguien me lea alguna cosa mientras tanto, pero sobretodo, cuando escribo, cuando pinto, la música es un ingrediente indispensable para la motivación de la obra. Además, nunca me ha pasado que, mirando un buen cuadro, me dieran ganas de reír, o de llorar o de lanzarme a bailar como un loco en el salón donde está colgado. No. Ni los mejores poemas de Claudio Rodríguez, al que admiro mucho, me hacen sentir una palpitación más extensa, o un nerviosismo inmiscible, o un alarido adentro como el que me provocan algunas composiciones sencillas al piano. También me di cuenta de lo poco que me interesa, cada vez menos, la ingeniería y la ciencia en general, por mucho que me provoque curiosidad, carece de alma por mucho que se la busque. Cuanto más avances hay en terrenos que no sean puramente médicos dejan de interesarme por completo. Me da lo mismo la altura que son capaces de alcanzar algunos edificios, o la monstruosidad del dique para calmar los mares; yo puedo mirar esas toneladas de cemento y acero y decir: ¡Vaya!, sin más, pero yo puedo escuchar la séptima sinfonía de Beethoven y decir: ¡La madre que lo parió...! unido a un escalofrío íntimo maravilloso. De hecho, Miguelito, y sin que viniera a cuenta, esta mañana me dice que con esa música crecen las flores; y tenías que haberlo visto, hecho un ovillo y de repente, al ritmo de la música, extendiendo su cuerpo como si fuera una flor seca que sobrevive tras la lluvia; hasta se le ha olvidado por un momento el Scalestrix que tenía montado en su habitación.Y yo regreso a casa lleno de revelaciones varias que asumo durante toda la tarde y me pongo un buen cd y me tomo una copa y me pongo a pintar un cuarteto de cuerda mientras escucho La gran Fuga del maestro Beethoven. Y hay una calma en los rincones, hay una calma dentro de mí, una inspiración que no es mía si no fuera por el pentagrama. Y me siento bien, muy bien por ello.
jueves, 15 de julio de 2010
Yo soy

La multitud dispuesta a la lipotimia
ha celebrado territorios sin embargo,
y ha hecho del lunes un domingo
donde había resacas bermellones.
ha celebrado territorios sin embargo,
y ha hecho del lunes un domingo
donde había resacas bermellones.
Yo no soy español,
admito la suerte o la desgracia
de haber nacido en una linde
que otros se molestaron
en trazar a voces de templo
y a esguinces de plata.
Nadie podrá decir
que el esquife partió en mi nombre
o que amo el azul de la pervinca
por el sólo hecho de encontrármela
demasiado.
¡Alto!
Yo no soy español,
amarillo y rojo son colores
que frecuentemente mezclo
en mi paleta
para dar naranjas
ordinarios.
Que alguien me arreste,
sin papeles canto al alféizar
desde donde se divisa el mundo
y lo veo todo todo
y lo veo todo.
Por eso no soy español,
porque prefiero el lapislázuli
al oro
y tengo la nacionalidad
interplanetaria.
¡Calma!
El mapa sigue en su sitio
y han sido pocos los desmayos.
¡Calma!
Ha ganado España
y el mundo sigue loco como siempre.
Tened esto presente:
yo no soy español,
yo soy,
yo soy,
¡Yo soy!
martes, 13 de julio de 2010
Campillo de Arenas
Campillo de Arenas es un pueblo de Jaén. De allí son dos buenos amigos que suelen vivir buena parte del año en Torrenueva: Juana y Nicolás. Como saben lo mucho que me gusta comer siempre que voy me llenan de butifarras y chorizos de su pueblo: así estoy. Además últimamente a Juana le ha dado por hacer conservas con los pimientos y tomates que van a recoger libremente al terreno de mi padre y cuando llego a casa sin ganas de cocinar suelo echar mano de algunas de sus labores. Me han visto dibujar muchas veces allí al aire libre y se pueden pasar la tarde entera a mi lado mirándome los trazos. Llevo tiempo queriendo tener un detalle para con ellos y, como siempre pinto motivado por esa necesidad de dar a los demás, pues me puse manos a la obra y pinté una tarde cualquiera en la simple plaza de Campillo de Arenas donde no hay más que una simple fuente y una simple iglesia renacentista; eso sí, está lloviendo aceituna que es el estado natural de la provincia, no he visto tarde jiennense en que no lluevan toneladas de aceituna.
domingo, 11 de julio de 2010
Calibre

Para Nares Montero
Tengo un pie de rey
que mide el sentimiento.
Ayer, por ejemplo,
te quise siete toboganes
y no vi de tu parte
más de un mechero.
Tengo un pie de rey
que mide el sentimiento.
Ya no llamo tanto al amigo
pues lo quise en octubre
y no llovía nada en la nube
de sus ojos menos cuarto.
Tengo un pie de rey
que mide el abrazo.
Por mucho que fuiste al gimnasio
nunca estalló tu bíceps en mi hombro
y qué abrazo hiperbólico te di,
no me fallan las cuentas para el estrato.
Tengo un pie de rey
que mide el espanto.
El labio de la muchacha me asustó
trece calendarios
y se compró una agenda donde falto
cuatro meses por segundo.
Tengo un pie de rey
al que le hurto
las magnitudes
y que no mide nada
salvo la manía
mía
de medir
lo que no
se puede.
¡Quietos,
os quiero a todos demasiado
y lo perderé todo
por hacerlo!
Tengo un pie de rey
que mide el sentimiento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)