Isel corta un tomate
y yo lamino el queso de cabra,
la gente afuera se viste del color
con que nos sonrojamos,
el aceite hierve en nuestra garganta
y estallan los relámpagos
en los ojos de las vidrieras.
Tiran cohetes por no sé qué
victoria
mientras somos los únicos
ganadores.
Las polillas se estrellan
contra la luz.
Llega el verano
y no hay nadie
asomado
a la ventana.
Tenemos un pez respiratorio
en la fosa de las tormentas,
nos abrazamos hasta que
crujen los azulejos
y somos felices
en la primera cena
del holocausto.
Sólo nos da miedo
el canibalismo
y está rica
y bien aderezada
nuestra carne.
lunes, 18 de junio de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Sí
Me excuso. No he escrito últimamente porque se me han amontonado las anécdotas y, teniendo mucho que contar, decidí pintar pues es en la pintura donde suelto todo lo que tengo que decir sin necesidad de la palabra. Y eso que estuve en Semana Santa en cuatro provincias de Andalucía y me enamoré otra vez de Granada y le pedí disculpas a Córdoba por tanto tiempo y le miré las cuevas a Málaga y olí el serrín de Jaén. Y eso que fui junto a mi hermano a verle probarse el traje de novio y me asombré al ver la mujer en que se está convirtiendo la pequeña Virginia y casi lloré de ver a mis abuelos tan mayores y delicados, agarrándose a los segundos; queriendo ser aún jóvenes en mitad del implacable centurión del viento. En serio, y eso que medí la anatómica sincronización de las mareas mediterráneas con la luna y eso que comprobé lo hermosas que crecen las macetas cordobesas y casi memoricé perspectivas de patios blancos adonde se asomaban tenaces los geranios, y eso que la abuela preparó no sé qué potingue de garbanzos y acelgas y se me llenaron las fosas nasales de históricas hambrunas y el abuelo canturreó alguna copla después del vino a la hora en que las muchachas empiezan a enfadarse con sus novios y estos marchan al blanco a dormir la siesta. Casi nada. Y eso que a mi cuñada Carolina se le abrían los ojos como lirios imaginando el sí quiero y vestían mi hermano y ella las paredes de colores y colocaban los muebles que habrán de mirar con los años. Sólo si cierro los ojos y escucho algo de Offenbach puedo pasear aún por El Paseo de los Tristes de Granada, guiados por nuestro amigo Jose, a quien llamamos cariñosamente "el primo", subiendo extasiados las cuestas peregrinas hasta la cima desde donde se ve la ciudad más bonita del mundo. Y el primo, como buen guía, nos explica las leyendas de La Alhambra y nos hace imaginarla blanca blanca, tal y como era al principio. Y entramos a los bares donde las tapas son gigantes y la gente grita de alegría y hay quien llora las procesiones en esa Andalucía lejana llena de nostálgico dolor, mientras yo me contamino de todo abiertamente y con delirio deseándome estampar contra todos los impulsos.
Sí, dejé de escribir durante meses porque nadie puede sacarse un monumento del pulmón y pretenderlo parafrasear. Por eso es que decidí dibujar a mi madre y a mi padre en mitad de mis ensoñaciones y hacerlos eternos. A mi padre, como ya se habrá visto lo dibujé junto a su fiel amigo perro pues se entiende mucho mejor con éstos que con las personas. A mi madre la rodeé de una suerte de juego antiguo donde todo parece una ilusión. Ambos cuadros, que valen cien mil veces más que todo el material que se muestra anualmente en ARCO, los guardo con recelo en casa donde puedo sentarme frente a ellos durante horas. Isel, incluso, ha amenazado con esconderlos si no dejo de hablar de ellos o de admirarlos pues es que los he llenado de tantas proporciones mágicas y estudios logarítmicos que carecen de todo valor plástico y eso me conmueve sin control. Ahora he empezado a dibujar a la abuela Juana rodeada de pura simetría para mostrar la rectitud que ella representa. De fondo colocaré el portón de la Iglesia de San Juan Evangelista del pueblo que me vio nacer y de ahí saldrá un camino cónico que culminará en su figura transparente. Pocas cosas me llenan tanto y me conmueven como el logro pictórico que consigo cuando me esfuerzo. Por supuesto todavía no he conseguido el nivel de una hoja doblada metida en una urna de cristal y que se mostraba orgullosamente hace poco en el Museo Reina Sofía, pero sigo trabajando en ello.
Y lo mejor de todo. El pasado 12 de abril escribí el mejor poema de la historia de la literatura. Resultó de lo más sencillo. Estaba tumbado en el sofá abrazado a Isel. Sabíamos que formábamos parte de los cinco millones de parados, que nos estaban recortando la sanidad, la educación y todo lo demás; que nuestro querido rey estaba cazando elefantes en Bostwana. Lo de siempre, vamos. Ahí estábamos los dos abrazados, en el sofá más normal de la ciudad más contaminada de España. Y yo, que tuve la oportunidad en Córdoba, en Granada, en Málaga o en Jaén, que me podía haber arrodillado frente a ella rodeado de piedras milenarias, sin ni siquiera agacharme ni sacar de mi bolsillo el más absurdo brillante le pregunté, mirándola profunda y exhaustivamente a los ojos que si se quería casar conmigo; cosa que ella aceptó instantáneamente. Y así haremos el próximo año.
Por eso digo que no he escrito últimamente porque se me han amontonado los poemas y hay poemas que son sólo curvas acinéticas donde se acepta la vida al lado de una persona sin amortiguador. Nos uniremos aunque en la tarjeta sanitaria aparezcamos como personas sin recursos, como si no se hubieran dado cuenta de que tenemos tantos que no caben en el microchip. Nos uniremos aunque hagamos cola en el laberinto de todos los desastres, aunque tengamos que sacar el rifle el día que nos quieran embargar los derechos. Aunque tengamos que ir a cazar a nuestro hijo a Bostwana. Aunque la sombra de los días amenace a los relojes de nuestra salud.
Pedro Morillas... ¿quieres a Isel García en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe?
Sí, y en el descalabro y en el desastre y en el olvido y en el rechazo y en el absoluto aburrimiento y en la muerte mortífera, ¿acaso crees que la muerte nos podrá separar?
Nunca.
Jamás.
Sí, dejé de escribir durante meses porque nadie puede sacarse un monumento del pulmón y pretenderlo parafrasear. Por eso es que decidí dibujar a mi madre y a mi padre en mitad de mis ensoñaciones y hacerlos eternos. A mi padre, como ya se habrá visto lo dibujé junto a su fiel amigo perro pues se entiende mucho mejor con éstos que con las personas. A mi madre la rodeé de una suerte de juego antiguo donde todo parece una ilusión. Ambos cuadros, que valen cien mil veces más que todo el material que se muestra anualmente en ARCO, los guardo con recelo en casa donde puedo sentarme frente a ellos durante horas. Isel, incluso, ha amenazado con esconderlos si no dejo de hablar de ellos o de admirarlos pues es que los he llenado de tantas proporciones mágicas y estudios logarítmicos que carecen de todo valor plástico y eso me conmueve sin control. Ahora he empezado a dibujar a la abuela Juana rodeada de pura simetría para mostrar la rectitud que ella representa. De fondo colocaré el portón de la Iglesia de San Juan Evangelista del pueblo que me vio nacer y de ahí saldrá un camino cónico que culminará en su figura transparente. Pocas cosas me llenan tanto y me conmueven como el logro pictórico que consigo cuando me esfuerzo. Por supuesto todavía no he conseguido el nivel de una hoja doblada metida en una urna de cristal y que se mostraba orgullosamente hace poco en el Museo Reina Sofía, pero sigo trabajando en ello.
Y lo mejor de todo. El pasado 12 de abril escribí el mejor poema de la historia de la literatura. Resultó de lo más sencillo. Estaba tumbado en el sofá abrazado a Isel. Sabíamos que formábamos parte de los cinco millones de parados, que nos estaban recortando la sanidad, la educación y todo lo demás; que nuestro querido rey estaba cazando elefantes en Bostwana. Lo de siempre, vamos. Ahí estábamos los dos abrazados, en el sofá más normal de la ciudad más contaminada de España. Y yo, que tuve la oportunidad en Córdoba, en Granada, en Málaga o en Jaén, que me podía haber arrodillado frente a ella rodeado de piedras milenarias, sin ni siquiera agacharme ni sacar de mi bolsillo el más absurdo brillante le pregunté, mirándola profunda y exhaustivamente a los ojos que si se quería casar conmigo; cosa que ella aceptó instantáneamente. Y así haremos el próximo año.
Por eso digo que no he escrito últimamente porque se me han amontonado los poemas y hay poemas que son sólo curvas acinéticas donde se acepta la vida al lado de una persona sin amortiguador. Nos uniremos aunque en la tarjeta sanitaria aparezcamos como personas sin recursos, como si no se hubieran dado cuenta de que tenemos tantos que no caben en el microchip. Nos uniremos aunque hagamos cola en el laberinto de todos los desastres, aunque tengamos que sacar el rifle el día que nos quieran embargar los derechos. Aunque tengamos que ir a cazar a nuestro hijo a Bostwana. Aunque la sombra de los días amenace a los relojes de nuestra salud.
Pedro Morillas... ¿quieres a Isel García en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe?
Sí, y en el descalabro y en el desastre y en el olvido y en el rechazo y en el absoluto aburrimiento y en la muerte mortífera, ¿acaso crees que la muerte nos podrá separar?
Nunca.
Jamás.
miércoles, 13 de junio de 2012
La idea
Mis atracadores son también mis guardaespaldas.
Tengo un grito en la piel que podría decir sueño,
tengo un grito incontenible, recién nacido,
tan algo grita mi grito que pareciera sumirse
en la rebelión de todos vuestros gritos,
pero claro, yo oigo mi grito y se supera tanto
que no tiene decibelios mi grito
y no lo oigo a mi grito gritarse de tanta voz.
Planean desahuciarme mis silencios de acogida.
De verdad que estoy a punto de decir algo
porque no puede ser que me lo digan las charnelas
cuando enclavadas en el horizonte se cansan el oído
y mienten mienten mienten sobre la planicie
rodeadas de un griterío malcriado,
de un tormentoso griterío que juraría haber
escuchado justamente lo contrario
de lo que apuestan las cometas.
No ha dicho nada todavía la prensa sobre Isel.
Tampoco yo me pronuncio sobre los montones
de arrugado papel que compraron a los pájaros,
ni sobre la chatarra por la que se cambió el cielo
y mucho menos sobre los secretos que harían
mudar de piel a los cojines.
Todavía no he dicho nada sobre el amueblado
hombre con vistas a su precipio.
Nadie ha discutido todavía sobre el hombre.
No digo que haya que destruir el mundo para acotarlo
ni quiero, Dios me libre, que sonrían las palmeras de felicidad,
digo que los niños dejan de ser niños
cuando pierden la cuenta de las chinchetas,
digo que parece el bienestar un museo de la tortura,
digo, por no gritar, que me desespero
cuando, a la mañana, me persiguen las recaudaciones.
Llamaré a la policía para denunciarla, lo juro.
Y no sé qué hacer, porque ningún daño me han hecho los cristales,
no sé qué hacer, porque ninguna herida los estercoleros,
sólo me alivia la idea, la idea, la idea, la idea, la idea
y un quizá llevarse a cabo, un puede que mañana
conscientes de su ineptitud, todos los tiburones
deciden oceánicamente suicidarse de verguenza.
Y, mientras tanto... desempolvar el cobarde fusil
de la palabra.
Tengo un grito en la piel que podría decir sueño,
tengo un grito incontenible, recién nacido,
tan algo grita mi grito que pareciera sumirse
en la rebelión de todos vuestros gritos,
pero claro, yo oigo mi grito y se supera tanto
que no tiene decibelios mi grito
y no lo oigo a mi grito gritarse de tanta voz.
Planean desahuciarme mis silencios de acogida.
De verdad que estoy a punto de decir algo
porque no puede ser que me lo digan las charnelas
cuando enclavadas en el horizonte se cansan el oído
y mienten mienten mienten sobre la planicie
rodeadas de un griterío malcriado,
de un tormentoso griterío que juraría haber
escuchado justamente lo contrario
de lo que apuestan las cometas.
No ha dicho nada todavía la prensa sobre Isel.
Tampoco yo me pronuncio sobre los montones
de arrugado papel que compraron a los pájaros,
ni sobre la chatarra por la que se cambió el cielo
y mucho menos sobre los secretos que harían
mudar de piel a los cojines.
Todavía no he dicho nada sobre el amueblado
hombre con vistas a su precipio.
Nadie ha discutido todavía sobre el hombre.
No digo que haya que destruir el mundo para acotarlo
ni quiero, Dios me libre, que sonrían las palmeras de felicidad,
digo que los niños dejan de ser niños
cuando pierden la cuenta de las chinchetas,
digo que parece el bienestar un museo de la tortura,
digo, por no gritar, que me desespero
cuando, a la mañana, me persiguen las recaudaciones.
Llamaré a la policía para denunciarla, lo juro.
Y no sé qué hacer, porque ningún daño me han hecho los cristales,
no sé qué hacer, porque ninguna herida los estercoleros,
sólo me alivia la idea, la idea, la idea, la idea, la idea
y un quizá llevarse a cabo, un puede que mañana
conscientes de su ineptitud, todos los tiburones
deciden oceánicamente suicidarse de verguenza.
Y, mientras tanto... desempolvar el cobarde fusil
de la palabra.
viernes, 1 de junio de 2012
Madrid
Madrid es una ciudad de seis millones de equivocados
(según Pedro Morillas).
La gente duerme en las estanterías de la noche
y marcha a toda prisa hasta el tropiezo,
errando herraduras se distrae
mirando la panza del paisaje:
ese aire quieto donde canta
el edificio.
Todo el mundo ha perdonado a los desfiles,
aquí nadie ha gritado todavía
hasta hacer sangrar a los leones,
aquí, dicen, que la ciudad no duerme
pero estaba dormido el locutor.
Las flores pagan el peaje
y los niños corretean entre el haluro,
todos dicen tener un pueblo
y cuando lo dicen se les llena
la boca de globos
y las ratas hacen estrepitosamente
la comunión.
Madrid es una ciudad de seis millones de equivocados
(y sí, lo digo yo: Pedro Morillas).
Aquí se pide turno para tropezar:
sólo voy a cometer este pequeño error,
¿me dejaría usted pasar por delante?
Faltaría más, equívoquese usted primero
pues mi error será astronómico
y no sé cómo la gente líquida
cabe
por la estafa.
Echamos de menos echarnos de menos,
nos besamos frente a fuentes centenarias,
volvemos a decir la palabra pueblo
pero en el pueblo nadie va a los bares
a decir que le gustan las cosas naranjas
como noviembre o dudar.
También acertamos, claro,
yo un día vi a Isel y eso fue todo,
después me apresuré a equivocarme
otra vez donde fluctúan
los seis millones de equivocados
que disponen de teatros
y cocina multinacional.
Madrid es una ciudad de seis millones de equivocados
(será la última vez que lo diga: yo: Pedro Morillas).
Ya no escribo.
Ya no escribo.
Ya no.
Pues balo.
(según Pedro Morillas).
La gente duerme en las estanterías de la noche
y marcha a toda prisa hasta el tropiezo,
errando herraduras se distrae
mirando la panza del paisaje:
ese aire quieto donde canta
el edificio.
Todo el mundo ha perdonado a los desfiles,
aquí nadie ha gritado todavía
hasta hacer sangrar a los leones,
aquí, dicen, que la ciudad no duerme
pero estaba dormido el locutor.
Las flores pagan el peaje
y los niños corretean entre el haluro,
todos dicen tener un pueblo
y cuando lo dicen se les llena
la boca de globos
y las ratas hacen estrepitosamente
la comunión.
Madrid es una ciudad de seis millones de equivocados
(y sí, lo digo yo: Pedro Morillas).
Aquí se pide turno para tropezar:
sólo voy a cometer este pequeño error,
¿me dejaría usted pasar por delante?
Faltaría más, equívoquese usted primero
pues mi error será astronómico
y no sé cómo la gente líquida
cabe
por la estafa.
Echamos de menos echarnos de menos,
nos besamos frente a fuentes centenarias,
volvemos a decir la palabra pueblo
pero en el pueblo nadie va a los bares
a decir que le gustan las cosas naranjas
como noviembre o dudar.
También acertamos, claro,
yo un día vi a Isel y eso fue todo,
después me apresuré a equivocarme
otra vez donde fluctúan
los seis millones de equivocados
que disponen de teatros
y cocina multinacional.
Madrid es una ciudad de seis millones de equivocados
(será la última vez que lo diga: yo: Pedro Morillas).
Ya no escribo.
Ya no escribo.
Ya no.
Pues balo.
miércoles, 16 de mayo de 2012
sábado, 12 de mayo de 2012
Interminable Oda al 12M
Propongo una oda infinita al 12M donde no terminemos de introducir nunca nuestros propios sueños, la empiezo y que continúe quien quiera y que me lo diga o no y sigamos así sin tiempo, más allá de las 22.00 y de las 23.00. Acabo diciendo "No sólo eso..." para que quien quiera siga a partir de ahí y acabe de igual modo para que otro coja el relevo y sigamos sin parar hasta que se nos canse la imaginación. Un abrazo a todos y espero que sigáis aquí, igual que yo, en este fantástico 12M gritando al cielo nuestra indignación:
El 12M los niños subirán a los relámpagos
y los ancianos desempolvarán los botijos
y la arena toda sacará la lengua
y nos diremos
secretamente
la verdad.
El 12M los andamios cogidos de los brazos,
las petunias disfrazadas de jacintos,
las escalinatas sin barandas
besarán amorosamente
las gomas,
las normas.
El 12M las pancartas subidas a las terrazas,
las terrazas subidas a los tacones,
los tacones subidos a zancadas
mirarán los ronquidos,
los olvidos,
las palomas.
El 12M mi moneda por el tiempo,
mi consumo por el hueso,
mi mano unida a otra mano,
unida a otra mano
y así manadas de manos,
las manos.
El 12M me comeré doce uvas,
besaré a Isel 12 veces,
saltaré la altura de 12 bancos,
de 12 santos, de 12 atracos,
12 veces me miraré al espejo
donde sólo sales tú.
El 12M emergente, los emétropes
emigrarán emolientes de su origen,
para emerger del desembarco
en el mismo centro
donde sale
el sol.
El 12M las inercias tirarán de las orejas
a los temibles bancos postergados
allí donde la luna sostiene a las estatuas
y juegan los niños
a ser vacilo
contra el viento.
El 12M recortaremos los recortes,
instalaremos los resortes
donde podamos saltar
hasta que la noche
permita que las ovejas
orinen.
El 12M abriré mi casa y mi casa
abrirá otra casa y esa casa abrirá
tantas casas a su vez
que el mundo parecerá
una casa donde todos fueron desahuciados
a su vientre.
No sólo eso.
El 12M los niños subirán a los relámpagos
y los ancianos desempolvarán los botijos
y la arena toda sacará la lengua
y nos diremos
secretamente
la verdad.
El 12M los andamios cogidos de los brazos,
las petunias disfrazadas de jacintos,
las escalinatas sin barandas
besarán amorosamente
las gomas,
las normas.
El 12M las pancartas subidas a las terrazas,
las terrazas subidas a los tacones,
los tacones subidos a zancadas
mirarán los ronquidos,
los olvidos,
las palomas.
El 12M mi moneda por el tiempo,
mi consumo por el hueso,
mi mano unida a otra mano,
unida a otra mano
y así manadas de manos,
las manos.
El 12M me comeré doce uvas,
besaré a Isel 12 veces,
saltaré la altura de 12 bancos,
de 12 santos, de 12 atracos,
12 veces me miraré al espejo
donde sólo sales tú.
El 12M emergente, los emétropes
emigrarán emolientes de su origen,
para emerger del desembarco
en el mismo centro
donde sale
el sol.
El 12M las inercias tirarán de las orejas
a los temibles bancos postergados
allí donde la luna sostiene a las estatuas
y juegan los niños
a ser vacilo
contra el viento.
El 12M recortaremos los recortes,
instalaremos los resortes
donde podamos saltar
hasta que la noche
permita que las ovejas
orinen.
El 12M abriré mi casa y mi casa
abrirá otra casa y esa casa abrirá
tantas casas a su vez
que el mundo parecerá
una casa donde todos fueron desahuciados
a su vientre.
No sólo eso.
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