sábado, 10 de octubre de 2015

Fragmentos de FAUSTO, de Goethe

El insensato no se nutre de cosas terrestres: la inquietud lo devora; conoce a medias su locura; pide a los cielos las más hermosas estrellas y a la Tierra los más sublimes regocijos, y, tanto lo que está cerca, como lo que está lejos, no basta a satisfacer su corazón profundamente agitado.

El hombre se extravía siempre que, no satisfecho de lo que tiene, busca su felicidad fuera de los límites de lo posible.

La actividad del hombre es muy propensa a retardar su paso; muy pronto se echa en brazos de un absoluto y placentero reposo.

¡Ojalá me fuese posible saber lo que contiene el mundo en sus entrañas, asistir y presenciar el desarrollo de toda clase de fuerzas activas, poseer el secreto de la fecundación y abandonar para siempre este tráfico de palabras misteriosas que nos obliga a usar nuestra ignorancia!

¿Dónde está el que se pueda vanagloriar de haber dado al niño el nombre que le corresponde? Los poquísimos hombres que han sabido algo, y que han sido suficientemente necios para dejar que se desbordasen sus almas y para enseñar al pueblo lo que sentían y pensaban, en todas las épocas han sido sacrificados y entregados a las llamas.

En mi cuerpo habitan dos almas que separar quisiera.

Un perro, cuando ha sido bien enseñado, no es indigno del aprecio de un sabio.

Está escrito: “En el principio era el Verbo”. Heme ya parado. ¿Quién me ayudará a proseguir? No; no debo dar tanta importancia al Verbo. Debo traducirlo de otra manera si me ayuda la inspiración. Está escrito: “En el principio era el Espíritu”. Reflexiona bien sobre esta primera línea y no dejes correr la pluma con precipitación. ¿Es el Espíritu el que ha creado y el que lo ha puesto en orden todo? Debiera decir: “En el principio era la Fuerza”. Y, no obstante, algo me está diciendo interiormente que no debo darle esta interpretación. Por fin me siento iluminado y comienzo a ver con claridad; escribo resueltamente: “En el principio era la Acción”.

Para rejuveneceros existe un procedimiento muy natural; pero se encuentra explicado en cierto libro y forma un capítulo muy curioso... ¡Es un procedimiento que no exige ni dinero, ni medicina, ni brujería de clase alguna! Salid al aire libre, coged una azada y removed la tierra de los campos. Circunscribid vuestro ser y vuestro pensamiento a un círculo reducido. Manteneos de alimentos simples: vivid entre bestias, como una bestia, y no os desdeñéis de echar vos mismo abono en el campo que cultivéis. Éste es el mejor procedimiento para vivir joven hasta los ochenta años.

¿Será una ley de la Naturaleza el que la sencillez y la gracia no tengan conciencia de sí mismas y de su santa dignidad, y que la modestia y la sencillez, dones ambos los más hermosos de la buena y liberal Naturaleza...?

¡Cúmplase su destino y abísmese conmigo!

nada hay más ridículo en el mundo que un diablo que se desespere.


Mis caballos relinchan; el alba ya asoma.