El día que conocí a mi hija,
15 de septiembre de 2026,
olía Madrid a río y nacimiento,
pululaban los ojos de Isel
como faros en los badenes,
el cielo estaba azul de vendimias,
y en mi latido había una baqueta
cantando de puro sueño.
Era 15 de septiembre, un día cualquiera,
bello era el andar de las farolas
abiertas como un alumbramiento,
mi hija me dio unas migas de pan,
un lápiz naranja, tenía pestañas
curvadas como golondrinas.
Qué bello este día, uno más de tantos,
un milagro raro y dorado en el tiempo,
un día redondo como una castaña
puesta al remojo de la espera.
Qué de botijos a la sombra
y qué de nervios atropellados.
Era un 15 de septiembre, estoy seguro,
porque yo no sabía ni dónde estaba
ni cuál era mi papel en esta escena:
una niña bella como una trampa
dando sus primeros pasos hasta ti
y yo colmado, henchido de sorpresas
como una piñata esperando el día.

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