Casualidad cósmica: nací aquí.
En esa esquina pasaba las horas
intercambiando cromos y liando
la cuerda en el trompo infinito.
Todo era vértigo de cuerda y hierro.
Ana Belén me enseñó los senos
como delfines saltando en su carne
a la vuelta de la esquina mientras
su madre nos miraba desde el balcón.
La infancia y sus cabañas florecían
bajo el almendro. Había una alberca
a las afueras llena de renacuajos
donde nos mirábamos ondear.
Mi madre nos mandaba a buscar
a papá al bar, sus tardes oblicuas
eran largas como el rizoma, lentas
como la noche en vela del verano.
Mi hermano murió en mí, su nombre
marca el compás del tambor que llevo,
nazareno del Jesús preso de los abismos,
vivo dos veces, respiro apenas por dos.
María Teresa me enseñó a confesar,
sus grandes coloretes, su pelo corto
antiguo como el taquillón y la cacerola.
Todavía sueño con su entierro.
Los amigos eran lo irreverente.
Juancri subía a los árboles poseído
por el escozor perpetuo de la adolescencia,
amaba y desaparecía entre las ramas.
Vi a las niñas esmirriadas llenarse
la boca de cerezas, mudarles el paso
en vuelo bello sobre el pecho afrutado.
Pasé pasmado un lustro de miradas.
Ángel y yo hablábamos sin término
en todas las esquinas del amor y el secreto,
su voz de oboe explotaba en la risa,
en el parpadeo cómplice de los estragos.
Recuerdo que a altas horas de la maraña
di mi primer morreo de ginebra y de tabaco
a los rizos de María José en la discoteca.
Siempre se entra a oscuras por la boca.
Qué de hogueras desde entonces con Eva
y con Cristina, la una tenía el sexo blanco
como una caracola: escuchaba dentro el mar;
la otra un manzano de serpientes y de coco.
Tan pronto desollaba el abuelo un conejo
como preparaba la abuela los andrajos.
Sonaban las campanas de la iglesia
anunciando mi vida con remordimiento.
Un día me fui de aquí, me fui sin pena,
se huye de uno mismo para no verse el hueco,
hay un hambre en mí que no cabe aquí
ni en el coño de los amores vencidos.
Pero reconozco que regresar insufla arena,
algo parecido al ardor del acercamiento.
Qué habrá sido de Rocío, qué de Marilola,
qué habrá sido de mí, dónde demonios estoy.

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