domingo, 21 de junio de 2009

Diablo Azul

No todos los días uno se levanta para ser un diablo azul; ayer lo hice y rescaté del infierno mis poemas; y, contento de la hazaña, decidí compartir unos versos con otros diablillos que quisieron acompañarme. Coincidió con el día de El español, cosa que Mandy nos recordó con esa sabiduría suya de que siempre nos impregna, aunque crucemos con él un simple saludo y estemos despistados. Su presentación fue hermosa, demasiado detallista para lo poco que nos conocemos; aunque ya dije hace tiempo que el primer día que intercambié unas palabras con él, saltaron chispas de aceite (hecho de sus aceitunas verdes; incubado en el ejército de olivos que cabalgan mi existencia). Estaba muy nervioso al principio pero me sentía arropado. A mi derecha, los incondicionales Noelia y Fer; detrás de ellos la bella Ivonne que tuvo el detalle de engañar a dos amigas para que vinieran a verme. A la izquierda: mi miedo, los poetas que siempre acuden y que te penetran los ritmos y te asienten muy despacio y se cruzan de brazos y alzan la barbilla con ese oído puesto en las palabras, en las p a l a b r a s, en las p a l a b r a s. Detrás de ellos, mis queridos primos de Coslada; que no se pierden una siempre que pueden y me hacen más fácil el camino de mi poesía mirando a Jaén y me abanican la sombra del olivo donde aún me asiento.

El recital comenzó con mi poema Desidia, que hace poco recomendaba el neorrabioso en su blog y lo leí con intencionada fuerza imaginando su presencia cercana, sobretodo en ese verso de: tenemos las pistolas hasta arriba de razón, que sirvió de entrada en su neorrabiosfera un día y que agradecí profundamente en las ausencias. Aunque no nos conozcamos, este Batania consigue que todos queramos esforzarnos en escribir mejor y que todos deseemos con cierto temor su presencia en los recitales o una camiseta o una de sus famosas pintadas. Siguieron muchos poemas más mientras yo me calmaba y podía dedicar nanosegundos de memoria a la entonación de los versos. Fueron cuarenta y cinco minutos de transcripción de miradas, de desnudo metafórico y de voz seca que ni me molesté en saciar aunque fuera brevemente. Decidí terminar con Houston, tenemos un poema; pero me supo a poco, así que saqué el cuaderno del bolso donde tenía escrito el poema que he dedicado a la profesora que me inició en esto de las palabras hace muchos años y que se jubila pronto y del que no tenía la seguridad y con el que me la imaginé allí delante, con sus sabias arrugas de cartapacio observando a la criatura engendrada de su pasión por lo que se dice.

Luego vino el único aplauso de la noche y las palabras de los presentes que tildaron mi gratitud en mis desarrollos; que agradecieron mis ritmos y se preguntaban sobre el ingeniero que me he comido y sobre el poeta de que me nutro y sobre el pintor al que tengo en huelga de hambre. No hubo muchas preguntas; la mayoría aclamaban mis versos por su amalgama, por el tumulto de las imágenes sometidas al embudo de su secuestro y yo les hablé de Jaén y de la sombra del olivo donde me sentaba a escribir y de cómo al llegar a Madrid decidí subirme a sus ramas para verme la sombra. Y yo agradecía con prisa los piropos ante el desconocimiento de las bocas que los pronunciaban, sin demasiada creencia mas agradecido pero esperaba a Mandy, quien regresó a mi lado para mostrarme su sorpresa; desconocía en mucho lo que yo hacía y la presentación primera fue tan sólo el esbozo de lo que había leído en mi blog, de lo que había compartido en alguna tertulia con los Poekas y poco más. Y dedicó unos minutos a dar su opinión a viva voz y me abrazó como uno de los buenos y me vio un poco Huidobro y notó las siluetas de la pintura en mis estrofas y contó los electrones que a veces me salen y luego se despidió un poco, sabedor de su regreso a la tierra cubana, pero me vio el azul y me llamó diablo y se emocionó un poco menos que todos los demás por sus palabras y me rozó con su espada el hombro y yo no sé que diablos vio en mí que quiere que lo sustituya en los recitales cuando él no esté.

Más tarde Carlos Muquitay me agradeció a Miguel Hernández, y Nuria me aprobó en verso y Francisco Javier me dijo que el ingeniero también analiza a las palabras. Y hasta contemplé una bella lucha entre el guerrero colombiano que es Carlos y el estruendo sideral de nuestra Noelia. Y hubo abrazos y besos y despedidas y en la puerta dos mujeres no poetas afirmaron reflejarse en mi poesía y es eso lo que más agradecí.

Finalmente paseamos los amigos de siempre entre el fresco de la noche de ayer; muy despacio, compartiendo los designios, otorgando a las esquinas la lentitud. La poesía une, la poesía embriaga; de vuelta a casa soñé con los resquicios. Y antes de dormir, lo de siempre; leer hasta quedar henchido. A la mañana siguiente, la de hoy, no quedaba rastro de mis diabluras y casi no hubo poesía; definitivamente no todos los días uno se levanta para ser un diablo azul.

2 comentarios:

Neorrabioso dijo...

Nos veremos seguro, PEDRO, y te llevaré tu camiseta, pero el sábado trabajaba (sólo libro dos días de cada ocho, y siempre trabajo de noche).

Me alegro de que te haya salido bien, a pesar de eso de "el único aplauso de la noche", que ha sonado un poco tétrico.

Abrazos cachicuernos.

Hasta pronto.

Lur dijo...
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