viernes, 4 de junio de 2010

Ana

Hagamos una historia del próximo cuadro; hagámosla.
Me llama mi amigo José de Granada, me llama a menudo pero esta vez me llama para encargarme un retrato de una amiga que se casa, ¡alegría! De entre todos los tumultos con forma de presente alguien piensa en lo que son capaces de hacer mis manos, ¡alegría!
Digo sí, un sí radical, claro que sí. Me manda las fotos de la chica y la chica es guapa y granadina y es una pena que se case, una pena. Me doy cuenta en los primeros bocetos lo difícil que es pintar a alguien que no conoces, no hay aptitudes tuyas para con el trazo, no se puede ser violento porque no se sabe lo violentos que pueden ser esos ojos, tan poco se puede ser dulce porque a saber el sabor de los párpados; no se puede ser neutro, eso nunca para la nuca, nunca. Yo no he visto el trasluz de ese pelo al viento, yo no he podido contarlo ni volverlo parecido al aliento de un cormorán, no es preciso, yo no sé si se parece a un barco o es más bien un pelo fino, parecido al pincel; ¡a saber, a saber! Y la chica sonríe, sonríe muy bien en todas las fotos, y no sé si es cierto, no sé por qué, no tengo pruebas de nada, yo la miro y sé, porque así es la imaginación, que no sonríe verdaderamente o que lo ha hecho de soslayo o que es su manera de llorar. ¡Reír, reír, hasta ser todo llanto, reír!
Llamo a mi amigo José para interrogarlo, quiero saber hasta qué punto es granadina la chiquilla pues estaba viéndola a través del azulejo, me dice que nada, que nada. Quiero saber hasta qué punto se llena de nostalgia y camina con los brazos abiertos entre los bordillos; y me dice que nada, que nada. Quiero saber si se sorprende llenándose la sorpresa de ojos o si es todo ojos para la sorpresa, me dice que nada, que nada. ¡Debería nadar!, le digo... ¡debería nadar, no hay duda!
Si hay cosas que no se deben preguntar, no lo hagáis.
Entonces al día siguiente llego a casa y recibo la llamada prevista de todos los días. Todos los días alguien me llama. Me llama el silencio, no miento, no miento, me llama la palabra que no se dice. Todos los días cuando llego de trabajar y, no falla, suena el teléfono y no es nadie, sólo una respiración, ya no es silencio, mentí, mentí, pero el silencio también respira, al menos el mío. El eco del silencio suena como respirar. Al principio preguntaba mucho por quién era y todas las frases eran interrogativas, ahora charlamos mucho rato; le digo: ¿Otra vez tú? ¿Qué tal? ¡Lo que te he echado de menos...! … ¿Sí..., no me digas!
Y al silencio lo he llamado Ana.
Hagamos una historia del próximo cuadro: hagámosla.