jueves, 22 de diciembre de 2016

Hondura

Hace dos años pasé una temporada en Honduras. La experiencia fue tan intensa que me llevó a escribir un libro de poemas que sale ahora y que se puede adquirir pinchando sobre la imagen. Como es un libro que merecía una explicación, adjunto aquí la introducción. Agradezco a cuantos amigos han leído ya y celebrado este libro y, en especial, a Fernando Toledo la fantástica portada del mismo.

INTRODUCCIÓN

El 12 de julio de 2014 salió el avión desde Madrid destino Honduras. Uno nunca está preparado para las maravillas que le depara el planeta y, ya desde las alturas, los primeros vestigios de una naturaleza excesivamente bella, llegaban a nuestros ojos, al principio entornados, como adaptándose al nuevo entorno de ese sol con ganas y ese verde abrasivo de todo Centroamérica. Hacía 10 años que mi mujer no pisaba su tierra, a pesar de que ella, físicamente sea un trozo de ella y me haya mostrado tantas veces sus tatuajes para pintármela antes de aterrizar sobre sus flores. Y ahí, entre las nubes, empezó el primer poema de los muchos que, durante la estancia en el fantástico país iría escribiendo, libreta, servilleta o memoria en mano. Si bien al principio no tuviera intención alguna de crear un poemario en torno a aquel lugar tan desconocido, el primer poema (Ida) que me provocó únicamente el vuelo sirvió ya de diagnóstico para los que vendrían después, pues toda ida tiene su vuelta y entre ambos despegues hay una estancia y un aterrizaje, en este caso, dignos de contar. Y como la poesía no se fuerza sino que llega y allí llegó como el oleaje de las preciosas playas, no hubo más remedio que abandonarse a todo y decirla según me alcanzaba.

Para una vez que viajaba y para una vez que lo hacía tan lejos, procuré hacer los deberes —a medias, todo hay que decirlo. Leí cuanto pude sobre la historia del país y me nutrí de diversos libros estupendos. Entre ellos, la recomendable antología de poesía centroamericana Puertas abiertas con selección y prólogo de Sergio Ramírez. Este libro me acompañaría los primeros días de estancia y, efectivamente, me abriría las puertas a un mundo poéticamente nuevo, a una palabra siempre en lucha y siempre en canto, a una guerra cantada que viene a ser lo mejor de la poesía de Centroamérica.

Tras pisar tierra primero en Guatemala, luego en El Salvador y finalmente en Honduras, empecé a ser un hombre literalmente empapado en lo relativo a la poesía y en lo relativo al clima. Pasamos la noche en San Pedro Sula y emprendimos el viaje en el bus de mi suegro a La Ceiba, la conocida como “novia de Honduras”. Allí es donde empezó realmente mi historia de amor con el país que es la historia de amor de un hombre con la naturaleza y con la gente que sabe habitarla. Al principio no daba abasto con tal eclosión de palabras y campos y ríos; de repente, si íbamos por la carretera, nos envolvía el madreado, de vez en cuando veíamos a los lados las maquilas, se amontonaba la laja en el campo y llegaban palabras preciosas, con ese sonido que tienen las cosas antiguas, esa especie de lenguaje universal que se concede al nombre de algunos lugares como Punta Izopo, Tela, río Guaymita... Y luego no sé por qué, sentí la necesidad —imperiosa, he de decir— de leer a Lorca, su Cante Jondo y así hice durante los largos viajes por carreteras difíciles e interminables. Tierra/ de las hondas cisternas resonaba continuamente en mi cabeza o El horizonte sin luz/ está mordido de hogueras; aquello fue algo extrañísimo porque si Lorca cantaba a unas gentes y a una tierra tan lejana para el suelo que yo estaba pisando, ¿por qué aquella sensación de analogía en mí? Lo cierto es que en toda naturaleza hay un sueño profundo y la gente que habita tal lugar se ve adormecida por ese sueño y sueña ese sueño común; Lorca nuevamente lo decía como nadie: hay en los durmientes un deseo infinito de arrojarse por el balcón a la magia perversa del perfume y la lejanía. Yo estaba a punto de tirarme por la ventana de Honduras para caer en el suelo de sus colores y dejar que su poesía me atravesara con su canto.

Cuanto más iba conociendo la hermosura del lugar más iba empapándome de los graves problemas que asolan el país. Hacía falta estrujar muy poco los periódicos para que se vertiera en la lectura la mancha de demasiada sangre: corrupción, delincuencia, narcotráfico, homicidios iban de la mano de los majestuosos picos, de los ríos fértiles y de la doliente hermosura de las mujeres pobres. Y había un miedo asumido en cuantos conocí, una aceptación inevitable de lo que más que un breve charco de injusticia era toda una inundación. Por eso empecé a vislumbrar un “falso Honduras”, un Honduras que es una tapadera, donde el guacamayo está avisado de que más le vale ceder parte de su color si no quiere dejar de acaparar el libre árbol de sus mañanas. Esa es la razón por la que quería yo que más que una portada tropical y colorida para estos poemas, estuviera en primera página un entorno otoñal —imposible en Honduras— a la vez que mágico, con un hada, con su seria esperanza pero con su capacidad para ser fuente de hechizos en el centro, mirándonos, mirándome, mirándote y mintiéndote a la cara (o cuanto menos ocultándote buena parte de la verdad), que es lo que hace Honduras, no su árbol ni su río ni su mar sino su ladrón, su corrupto, su sicario. Aquí la vida y la muerte se mezclan como se mezclan la incertidumbre y la seguridad en el hada otoñal del pintor cubano Fernando Toledo, quien generosamente ha permitido que se estampe en su pelo de hojas secas pero todavía vivas el título de este libro, homenaje al lugar y a lo profundo que callan sus ríos, sus campesinos y sus entrañas. No sólo el golpeteo de las palabras venían de mí y de lo que el paisaje me murmuraba, estaba atravesado por las palabras de cuantos me rodeaban y de cuanto leía: ...amputada por padrinos tremendamente crueles/ a quienes terminaste llamándolos patronos (Francisco Morales Santos), Hablo/ para taparle/ la boca/ al silencio (Humberto Ak'abal), Somos el cuchillo sangriento... la España equivocada... somos la posguerra (Javier Payeras), ...levantar los vidrios y formar de nuevo/ el indolente espejo de la fábula (Fabricio Estrada). Y quisiera reproducir un poema muy corto de Carlos Perezalonso, muy significativo y que describe de forma muy escueta y potente la visión física que a uno le queda del lugar, en este caso refiriéndose a Nicaragua:

¿Que cómo es Nicaragua? 
Nicaragua es 
como el dibujo de un niño 
con cerritos y lagunitas y con pueblitos 
y soldaditos y soldaditos
 y soldaditos.

En La Ceiba disfruté, sobre todo, de una calma exagerada, un descontrol de mi propio nerviosismo. No sucedió en el acto sino que me fui ablandando poco a poco. Nos acostábamos muy temprano pues los hondureños a eso de las 5.30 ya empiezan a levantarse pues es la hora a la que llega el sol y dan fe de él los pájaros que cantan como locos desde que llega la mañana. Los primeros días me despertaba asustado pensando que una bandada de pájaros insurrectos con unos cuantos gallos de canto bien potente a la cabeza estaban todos agolpados en la ventana amenazando con romper los vidrios si no abría los ojos al nuevo día. Y en medio de aquel canto me levantaba yo para salir al patio y comprobar cómo el abuelo de mi mujer, el magnífico Don Agustín, con sus noventa y cinco años, ya estaba abriendo los portones de la casa, barriendo las hojas y recogiendo los nances del inmenso árbol que tienen y que todas las mañanas, tras la lluvia, deja su charco de fruto en el suelo. Tomé como costumbre ayudarle a recoger aquellos frutos amarillos desconocidos en España uno por uno, que luego él lavaba y contaba. Quinientos sesenta y tres había hoy, Pedro —me decía Don Agustín—; y a la mañana siguiente recogíamos otro buen montón. Don Agustín y su mujer, la vivaz doña Braulia, fueron desde el principio y después de mi balance final de todo el viaje, lo mejor de mi estancia en Honduras, no sólo representando lo mejor que puede ofrecer el lugar sino mostrando una calidad como seres humanos inaudita que me impactó tanto que, para ambos, escribí un poema que intenta, por lo menos, hacer un bosquejo de lo que son y representan. Adorados merecidamente por sus hijos y nietos, son memoria viva de la transformación de la ciudad y ejemplo de dignidad en la pobreza e incorruptible constancia. Él, silencioso y sabio, sentenció algo muy triste y hermoso a la vez cuando se abrazó a mi mujer nada más llegar: Todos se alegran de verte menos yo, aludiendo a la situación del país que ha visto con sus propios ojos cómo se iba corrompiendo hasta el tuétano con el paso de los años. Y ella, la anciana pequeña y viva, con esos ojos hipnóticos y esa fuerza, incansable, preparando todos los días la comida, pendiente de la hora exacta de servirle a don Agustín, era para mí motivo de una indescriptible admiración. La fe de ambos que tanto me cuesta compartir era algo físico y verdadero, una peonza siempre en giro, o estática en un vuelo colgante, que mantiene a toda la familia unida por el magnetismo de la quietud y la bondad sinceras. Las primeras semanas las pasamos en La Ceiba, ciudad hermosísima llena de peculiaridades que canté muy pronto en el poema que lleva su nombre. Más adelante tuvieron lugar nuestros viajes de largo recorrido por el país. Primero fuimos a Copán donde pude encontrarme con una buena amiga de Guatemala y cuyas ruinas no debería perderse ningún aventurero, donde por primera vez oí hablar de los mitos que se concentran en el Popol Vuh, el libro que recopila las narraciones míticas del pueblo maya. De ahí fuimos a la extensa tierra de Olancho, la tierra de mi suegro, donde visitamos Juticalpa y las cuevas de Talgua. Volvimos a La Ceiba y muy pronto visitamos las islas. Primero Roatán, cuya explotación hotelera impidió que la seducción por su parte fuera completa sin hacer que por ello admirara nuevamente su belleza; pero serían los Cayos Cochinos, ese precioso conjunto de pequeñas islas, los que me aplastarían con su armonía insuperable y su hermosura fuera de todo límite; más aún en sus profundidades donde quedé absorto ante los colores del agua, las rocas y los peces. Claro que en mitad de tanta exacerbación de gracia no faltaban los niños trabajando, las noticias horrorosas en diarios y noticieros o las condiciones verdaderamente lamentables de algunas familias con las que uno se iba cruzando. Por contar algunas anécdotas, justo a la salida de La Ceiba un niño de unos once o doce años quitó y cambió la rueda del coche en el que viajábamos en su llantera, provocándome inmediatamente el poema que así se llama o en nuestra visita a Copán, una eclosión de niñas pequeñas perseguían a todo turista que por allí apareciera para vender sus muñecas de tusa o se ofrecían para cantar el himno de Honduras en k'iche' permitiendo que se las grabara por una suma ridícula de lempiras. Y así uno poco a poco se va formando su propia idea del país y se va “conformando” con la situación; sobre todo cuando los propios hondureños te hacen ver que, por ejemplo, el niño de la llantera es mejor que se dedique a eso y que no ande con pandilleros; claro que a su vez, ese niño que se pasa el día allí arreglando coches, jugando a la mecánica, seguramente si se le presenta la ocasión muy pronto dejará aquel grasiento lugar si alguien lo convence de lo fácil que puede ganar dinero a través de otras acciones, menos legales todavía que su propia explotación infantil. Y aquello afectó a mi lenguaje, al poético. Si una tierra y sus habitantes se convencen y aceptan ciertas situaciones por no ser peores de lo que podrían ser, ¿por qué decir lo que se espera en la frase, por qué no colocar palabras que suenen parecido y nos descoloquen como puede descolocarnos la mirada absolutamente drogada de un niño que esnifa pegamento? Hondura está plagada de esas palabras que se quieren decir y no se dicen, no por callarlas, sino por decirlas dobles, por decir ambas: policía-polimería, caminos-cominos, cuentas-cruentas, mío-río... El poeta Fabricio Estrada lo expresa muy bien: Jonduras es un país turrístico. “Honduras” es muy turístico, pero está “jodido” de lo terrorífico que puede llegar a ser. Y eso es de lo que vengo hablando todo el rato; al lado del inmenso ceibón se asalta y cerca de Pico Bonito se mata. Honduras es un país suicidado en un entorno donde abunda la hermosura del paisaje y entre sus habitantes están los que lo viven y le otorgan vida —la mayoría— frente a los que lo tirotean.

Detrás de ese ramaje está la miseria del pueblo colonial, su explotación desvergonzada por un puñado de parásitos que desafían hasta las leyes del país que invocan y no experimentan ninguna turbación en ser su deshonra, está la resignación de ese pueblo que geográficamente tiene contra sí ser de tarde en tarde una siembra sobre el mar escribe André Breton en Martinica encantadora de serpientes y creo que este párrafo resume a la perfección la resignación del pueblo que vive amenazado por el delito y ahogado en la belleza. Por supuesto conocí a personas que habían vivido muy recientemente el tiroteo de la realidad. De hecho recuerdo estar sentado leyendo el periódico y quedar consternado porque muy cerca de donde yo estaba, el 18 de julio, mataron a José Alberto Urbina, dueño de una zapatería en la ciudad. Recuerdo que me sorprendió mucho la noticia porque se afirmaba en ella que el hombre al que interceptaron recibió al menos 18 balazos. Además se acompañaba la noticia —y esto es algo muy común en Honduras— de una imagen demasiado explícita del suceso. Quién me iba a decir a mí que aquel hombre era el padre de uno de los amigos de mi mujer, al cual estaban operando en ese mismo momento del corazón en Estados Unidos y al que su valiente novia ocultó como pudo la noticia durante un tiempo para cuidar aquel órgano al que acababan de dar cuerda. Conocí a José Alberto y a Sarai en un encuentro absolutamente impactante que muy pronto escribí en el poema Sucesión; poema que a su vez sigue el ritmo incesante de la sucesión de Fibonacci, esas ideas que se le ocurren a uno sin saber por qué; en este caso la sucesión acaba regresando a su comienzo como volvieron José Alberto y Sarai a su bello Honduras después de todo lo ocurrido. A José lo habían operado en Tegucigalpa hacía unos años, luego le demostraron en Estados Unidos que no había sido operado de lo que le habían dicho, le habían hecho un simulacro de operación si es que se puede llamar así a abrir un cuerpo, cerrarlo y dejarlo como estaba. Pero a pesar de todo la vida les empezaba a ir mejor, la esperada operación en Estados Unidos llegaba después del apoyo de familiares y amigos, él le había pedido matrimonio a Sarai por todo lo alto frente a Time Square y parecía que la vida empezaba a latir; luego ocurrió lo de su padre y no puedo olvidar la tarde en que nos contaron todos los acontecimientos. Valientes y fantásticos, como muchos a quienes conocí, me preguntaron muchas veces por España. Casi todos los hondureños con los que pude entablar conversación tienen en mente un plan B, aquello es quedarse con el miedo o huir sin mirar atrás; pero hay demasiado verde como para querer darse la vuelta.

En mi periplo por el lugar también tuve la oportunidad de conocer a grandes y generosos poetas. Destaco a Waldina Mejía con quien sólo hablé por teléfono pero quien me abrió las puertas de su casa en Tegucigalpa. Me llevé el cariño especial de Santiago Sosa, confiado hombre de izquierdas, ingeniero, escultor y poeta que me contó las muchas salidas energéticas que podría tener aquel país rico pero acorralado. Con él comí cerca del muelle de La Ceiba una de aquellas deliciosas tilapias acompañadas de tajadas y allí recitamos algunos poemas. El mismo día conocí a David Fortín, poeta muy generoso que me regaló algunos de sus libros y con quien di un recital en la playa de los maestros junto al gran René Arriaga, cantautor de la ciudad y autor de un libro fantástico lleno de refranes y dichos del lugar. Con David Fortín pude charlar algunas tardes y leer sus libros estando allí (Cuando todo pase seremos el silencio/ perdido en el cauce del camino; soy el velero que ha soltado amarras/ ansioso de mar; el ave que tú admiras se pierde en alas de la tarde...); todavía en la distancia sigo unido a estos poetas, de los que admiro como nunca su voz. Dice Malcolm de Chazal en uno de sus aforismos que la naturaleza siempre busca su “máxima satisfacción” pero sin ambición exagerada. Si una planta se fumiga o se fertiliza en exceso, aumentará el tamaño de su tallo y de sus hojas como un pavo al que cebamos pero en detrimento de sus raíces, con el fin de no “pasarse demasiado”. Cuando ya no pueda defenderse de tal intrusión con las raíces, la planta se suicidará al momento antes de sobrepasar su plan de vida. Y añade que, en cuanto al ser humano el orgullo nos despersonaliza y nos parte. El hombre orgulloso atrae hacia sí mismo todo el Mal... Quizá sea esa la gran lacra de Honduras y de todo Centroamérica. La droga en su paso hacia Estados Unidos arrasa con los gloriosos campos como hacen las heladas repentinas con las cosechas ya en flor. Y el hombre ciego que no ve la hierba y no sabe escuchar a las montañas y a las aves, se rinde al sencillo modo de ganar dinero que es como morirse en vida y dejar de existir, manteniendo un país con cada vez menos fuerzas para levantarse. No se trata ya de encontrar el paraíso perdido, sino el olvidado grito del hombre libre y hambriento de vida, la fuerza que late en su interior y silenciada por años de infame avance innecesario y expansión a sabiendas de todos del narcotráfico. No tiene la intención este libro de luchar contra nada pero quiere al menos decir la verdad de lo que se ha visto pues la verdad es lo único que nos queda, aunque, como dice Lichtenberg es imposible alumbrar con la antorcha de la verdad sin chamuscar una barba aquí, una peluca allá. Por eso son necesarias las antorchas y esta no es sino una más de las muchas que afortunadamente quedan en Honduras y en todo el mundo, y que hace que esta hondura que yo canto en este libro no sea tan honda, ni que este otoño de la vida sea de hojas tan secas y aplastadas.

Madrid, 19 de febrero de 2016

1 comentario:

muchabarba dijo...

Muchísimas felicidades, Pedri. Me dispongo a encargar el mío.

Un abrazo enorme y miles de éxitos más!

Agus