lunes, 7 de febrero de 2011

Digo lo que pienso

No se puede cambiar, Dios, no se puede cambiar nada.

Así le digo a Isel en mis ataques de rabia y ella está enferma tumbada en el sofá, me mira y me escucha pacientemente mientras le suelto un largo discurso sobre lo mal que está todo, lo caro que es todo, mientras le comparto mis preocupaciones económicas y le digo: verás este mes toca pasar la itv y pagar la puta derrama del ascensor y la contribución de las cocheras y hay que ahorrar si quiero esa academia y mejor que eso debería llamar a España Directo y denunciar la situación de los treinta locales cerrados a cal y canto que hay en nuestro barrio y que según el IVIMA pertenecen a particulares que para sacarles el máximo partido ni tienen puestos carteles de Se vende ni los han abierto en los treinta años que llevan construidos y le digo, para preocupación suya, que pienso abrir uno, el que sea, el más cercano a casa y voy a entrar dentro con un par de albañiles y voy a hacer lo que me salga de los cojones y voy a poner mi academia a funcionar y que me echen de ahí si tienen lo que hay que tener… le describo lo mucho que odio mi trabajo, le especifico hasta donde estoy de los atascos de todos los días, de los puestos que veo que sobran en todas partes donde alguien ocupa un sofá que no sirve para nada, otro tiene una gran oficina para desarrollar espaciosamente su pereza, otro cuenta con un gran caudal de dinero puesto que no ha hecho nada y bien lo merece. Y todo esto porque ayer vi imágenes de Etiopía donde recibieron por todo lo grande al gran salvador del mundo que es Obama y había fotos de Obama por todas partes y esa pobre gente estaba allí celebrando ignorantemente que ese hombre apaciguará sus pobrezas, como si pudiera, ese gran primer presidente negro de los Estados Unidos que no ha conseguido, en el tiempo que lleva de mandato, ni cerrar Guantánamo, ni hacer efectiva la retirada de las tropas, ni poner en práctica una sanidad pública ni nada de lo que soñó puesto que, independientemente de las buenas intenciones que tuviera, es otro títere de los mercados y, por tanto, permanece prisionero en su hermosísima Casa Blanca. Y luego pienso en este nuestro gran país donde a todo el mundo parece picarle los huevos, donde me veo a mí mismo en esa manada que conformamos todas las mañanas en las autovías de Madrid viendo a otros como yo, arrastrados a la vida que no queremos, jugándonos la vida todos los días para conseguir, no te lo pierdas: no pagar en la vida tu piso, no tener oportunidad de pedir un crédito para nada porque ya ves cómo están las cosas… Y me miro ahí, en ese bostezo colectivo, mientras los cuatro mierdas del senado se gastan seis mil euros en traducciones y eso no es nada, porque luego están todos los bancos, todos en fila, los miro en torno nuestro descojonándose, partiéndose el culo de risa, a más no poder, con la tripa llena de nosotros, con los párpados llenos de las persianas que se han hecho las billeteras. Así que tomo una decisión, saco todo mi dinero del banco, me busco la vida para domiciliar a mi casa y no a ninguna caja las facturas de electricidad, gas, agua, etc. A mis jefes les digo que me paguen en dinero, sin transferencia de ningún tipo… y ahora pienso montar un partido político en el que el coordinador principal sea la lamparita de pie de mi salón, mucho más preparada que toda la amalgama de hijos de la gran puta que son nuestros políticos. Y sonrío, no os creáis, cada vez que me imagino a mi lámpara en su despacho, haciendo grandes cosas por la humanidad pues no os imagináis lo positivo que sería para el país que una lámpara lo dirigiera, mucho mejor que la panda de capullos que lo hacen ahora y que dicen ser de izquierdas, no te lo pierdas. Y lo que mola mucho más es que, en cuanto pierda las elecciones el PSOE, lo que va a ocurrir es sencillamente que las va a ganar el PP, ante lo cual propongo que dirija el país, en su lugar, un gato minusválido.


Y para mayor aburrimiento, me explayo hablándole a Isel de Julio Anguita, lo que admiraba mi padre a ese hombre y lo que luego lo admiré yo. El califa rojo, con el que me senté al lado en una conferencia que vino a dar a nuestro colegio mayor una semana después de que mataran a su hijo. Una conferencia donde este hombre me enseñó la diferencia entre utopía y quimera y habló tan sencillamente de un mundo de igualdad, de cambio absoluto de mentalidad para conseguirla, un hombre que casi no hablaba en términos económicos sino en emocionales, desde un romanticismo pleno y posible. Un hombre que consiguió que tuviera un pequeño peso la izquierda, prácticamente inexistente hoy día. El otro día lo vi, de casualidad, en una pequeña entrevista que le hacía el follonero, con su tranquilidad de siempre, hablando claramente de cosas que nunca entendemos porque los políticos hacen lo posible para que así sea, allí estaba con su barba blanca, más mayor, en su casa cordobesa diciendo cosas que son de cajón pero que él se atreve a decir: que hay que nacionalizar la banca o hacerla pública como poco, que Zapatero es de derechas, que el PSOE es un partido de derechas, que la corona apoyó el golpe del 23-F… Y entonces, cuando siento esa emoción, esa satisfacción de lo agradables que suenan a veces las palabras a los oídos, me doy cuenta de mis fracasadas discusiones con mis amigos fachas del pueblo, la mitad pertenecientes a las juventudes populares como poco, con la cabeza roída por un montón de mierda que no sé ni de dónde han sacado, me veo a mi adolescente de los años de atrás en un grupo y dos más junto a mí discutiendo con los otros quince de derechas, cerrados como una tapia inamovible, los quince preguntándome, desquiciándome, diciéndome: Nino, tú que eres un tío tan inteligente, de verdad que no entendemos cómo puedes ser de izquierdas… Diciéndome, como si tal cosa, que hay que echar a los putos moros que vienen y que son los que le recogen la aceituna a sus papis. Y me acuerdo de esos quince que iban a misa, igual que yo entonces, que iban sencillamente para lucir sus bonitos abrigos cuando era yo el que siempre subía a leer porque yo leía igual que se leen los poemas, exactamente del mismo modo, con la misma emoción y, muchas veces al bajar, algunos hombres que yo no conocía de nada se me acercaban y me decían: Da alegría ver a un comunista leyendo en la iglesia, porque como mi padre era rojo y tenía cuernos y rabo como los soviéticos, así yo, pues las ideas políticas se transmiten genéticamente igual que la enfermedad. Desde pequeños nos íbamos diferenciando en esa clase de ideas, recuerdo que siendo un piolín mi amigo Serafín y yo decidimos que le íbamos a preguntar a nuestros padres por quién votaban para decírnoslo al día siguiente y así fue. ¿A quién votan tus padres Sera? Al PP, ¿y los tuyos? A Izquierda Unida. Pues vale, y nos fuimos a jugar. El problema es que cuando llegué a casa le dije a mi señor padre: Papá, pues los padres de Serafín no votan a Izquierda Unida sino al PP. Pues dile a Serafín que sus padres van a ir al infierno. Claro, imaginaros la situación, yo era un niño ignorante y estúpido y fui a mi amigo Sera y le dije lo que me había dicho mi padre y, como si nada, nos fuimos a jugar a la pelota, fue más tarde cuando las cosas nunca fueron iguales. Tardé mucho tiempo en comprender lo que mi padre me había dicho, así, como si nada, mientras fumaba uno de sus numerosos cigarrillos del día, mirando la tele y sin mirarme. Lo que no sabía es que esa diferencia de pensamiento era tan abismal y como yo le tenía mucho aprecio a todo el mundo, votara a quien votara, empecé a leer al respecto para decantarme, si es que podía, por una opción. Me di cuenta, en seguida, de que cualquier opción política, sea de izquierdas o de derechas, procede del odio a la opción contraria, así sin más y así de claro. En cualquier época histórica si en un momento mandaron unos, en cuanto los otros asumían el poder, arremetían con toda su furia contra los que lo habían poseído antes. Con el tiempo y, de forma objetiva, me di cuenta de que simpatizaba más con la izquierda, claro que viendo lo que ha hecho la izquierda en algunos países me echaba para atrás. De todos modos la idea de izquierda y derecha en este país parece simple y, en la mayoría de los casos, las opciones por las que se vuelca la gente proceden sencillamente de la idea que les dejó en la cabeza, a sus familiares, la guerra civil. Está claro que en mi familia, donde tíos, abuelos y demás murieron en la guerra por ser pobres, es decir, ignorantes, apolíticos y, por tanto, de izquierdas para los fascistas, pues desde el primer momento se decantaron por ese lado; pero claro, también dentro de mi propia familia los hay de derechas porque en la guerra lo pasaron de puta madre y, algunos, simpatizaron con condes y capullos que Franco colocó en algunos cortijos y, gracias a ellos, prosperaron a base de chuparles la polla.


Así que hoy, a mis casi veintisiete años, tras décadas de pensar por mí mismo y no estudiar absolutamente nada, he llegado a la conclusión de que el problema es ese, el de la existencia de opciones políticas y no de sentido común. La derecha no me gusta porque la asocio a pijos consentidos que sólo piensan en sí mismos y mirar a Rajoy, además de darme risa me provoca espanto porque, desgraciadamente, parece ser que será, gracias a Dios, el próximo presidente de este mi gran país, que será vuestro, pero no mío porque como he dicho otras veces no entiendo qué es eso de la patria. La izquierda me huele a rancio, parece promulgar una igualdad para todos, pero todos pobres por si acaso, todos sucios, todos cabizbajos y ahora vas tú y le dices a los grandes empresarios que van a ganar honradamente su sueldo, ahora vas tú y se lo dices. Pero lo de la izquierda no hay ni que pensarlo porque ya hemos conseguido exterminarla entre todos, así que nos queda la derecha y la derecha porque hay mucha gente de izquierdas que vota al PSOE y ahí no se equivoca Anguita, el PSOE es un partido de derechas que atrae a la gente de izquierdas como si fuera verdad, y van y cantan la internacional con el puño en alto y no se lo creen ni ellos. Por eso desde hoy, oh, amigos, compañeros, os invito a votar a la lámpara de mi salón, lo que sabe mi lámpara, lo clara y limpia que es, promete desde ya no hacer nada que ya es más que hacer algo, ese algo abstracto, esa cosa que ahí está y nadie ve realmente, ese estamos trabajando en ello, esa cosa invisible y putrefacta a la que se dedican los políticos.


A Isel le sigo diciendo: joder… lo mal que está todo, joder… verás el mes que viene y si luego queremos irnos de vacaciones y si luego… y si…. Pero Isel se me acerca y me calla la boca con un beso, así que las arcas llenas, así que la poesía toda y de repente, ya no España ni Honduras, ya el bosque, el lago de Isel, la empresa limpia que es Isel, el banco verde, el abrazo fuera de comercio y a mí, de repente, se me olvidan,¡zas!, los problemas.

1 comentario:

Juana Margarita Guerrero Garnica dijo...

justo hoy por la mañana hacía una reflexión similar y ahora que te leo, solo confirmo lo que ya pensaba: somos la misma plasta putrefacta en todos lados. Cambiale nombre a los personajes politiqueros, cambiale el nombre a los partidos y poneles nombres guatemaltecos y es como si hablaras del escenario político actual del país...preguntale a Isel sobre Honduras, y es exactamente lo mismo...un desastre.

En fin, qué bueno que tenés a Isel para aliviarte las penas y el alma :) (cómo me cae de bien ella!)