sábado, 13 de marzo de 2010

Virginia y el erizo I

No tengo más que dormir para que todas mis pretensiones imaginarias se vean satisfechas. Pegadas en la pared derecha de mi cama poseo fotos de las diez personas que más quiero en el mundo y, antes de apagar la luz, me tomo unos minutos observándolas sin que ellas lo sepan; este juego de espionaje me ayuda a conciliar los motivos de todas mis aspiraciones. Muchos días, inconforme con mis miramientos, tengo que volver a encender la luz para que en la retina queden perfectamente grabadas sus sonrisas que son mías y me pertenecen antes de arroparme; hay días que tengo que encender y apagar más de diez veces la misma luz, por si acaso. Esto motiva que, en muchas ocasiones, se me aparezcan en mis sueños abundantes y formen parte imprescindible de la locura onírica en que consiste todo logro que yo pueda adjudicarme.

Así y, desde hace unos meses, tengo la suerte de soñar con el nacimiento numérico de las proporciones. Contemplo entusiasmado la misma imagen una y otra vez hasta aprenderla de memoria y apuntarla a prisa nada más suena el despertador. Esta imagen consiste en un desierto de azulejos en perspectiva cónica. De pronto y, ante mi sorpresa, a columnas proporcionales, empiezan a levantarse algunos de ellos permaneciendo flotando a cierta distancia del suelo dejando que su sombra antigravitatoria permanezca extendida en el lugar que yo ocupo. Así, uno tras otro, van completando una serie aritmética de diferencia la unidad, dejando un hueco misterioso tras cada alzada. Pasa el tiempo y, a mi derecha, nueve columnas iguales a las que hace años admiré en la mezquita de Córdoba hacen aparición hasta estrellarse con mis techos y luego, lo más extraño: un erizo de mar que yo observo caminar durante horas dándose la vuelta en los recovecos de mi perfidia. Este erizo queda tan a la derecha de mi observación que casi no puedo percibirlo del todo, aunque pueda intuir en sus movimientos espirales que seguramente camine sobre una cinta mecánica para erizos de mar, cosa que no se ve todos los días.


Sólo esta tarde y tras haberme permitido una buena siesta al estilo andaluz consigo girar tanto la cabeza entre las células de mis sueños que veo que el erizo está sobre las manos de mi hermana Virginia una mañana cualquiera de los veranos de mis costas torreñas. Me despierto tan pleno que en un abrir y cerrar de ojos ya tengo los lápices afilados y, casi sin darme cuenta, ya he perfilado la imagen más o menos exacta que me miro en la retina de mis espejos, aportando la clave al estudio en perspectiva que ya llevaba completando, como digo, desde meses atrás.


Al principio estaba la nada, la nada era hermosa, plana y elástica, tanto tanto que su ausencia se recuperaba a sí misma por mucho que quisiéramos extenderla aún más. En la nada no ocurría nada, de hecho, ocurría absolutamente nada y eso estaba bien, estaba perfecto. Como no hay nada como sustituir a la nada por algo más hermoso que ella misma, así hace el pintor. Y como prácticamente nada es más hermoso que Virginia sosteniendo un erizo, así la nada dejó de ser nada y fue algo y ese algo es un corro numérico en elevación, ese algo es Virginia.


Virginia.


Tan hermosa que sus ojos se parecen a los míos sólo que los suyos son iguales a los míos multiplicados por la masa del sol. Tan extraña que me agarrota los gaznates y sufro mareos cada centímetro que me separo de su inocencia. Tan inocente, digo, que cree que pinto bien; tan inocente, repito, que cada vez que la abrazo cuando la veo cada dos meses ni se da cuenta de las espinas grandes como tornillos que me ha clavado en las sienes. Virginia. La que tiene uno de los cinco nombres de mi abuela Blasa Carlota Paula Virginia Isabel. La del acuerdo, la solitaria, la que escribe poemas mucho mejores que todos nosotros con sus quince años. La que ya ha dejado de escribir, de hecho, porque nos superó. La que no piensa enseñároslos ni a mi tampoco.


Virginia.


Sus bucles me traen a la memoria nociones de aires puros entre aguas que burbujean. La que tiene un carácter que me supera las devastaciones, la que es mejor verla sonreír. La malcriada, la única que es incapaz de sacarle el oso al tigre de mi padre. La que cada vez que le sonríe al mar, hay olas, la que estanca los temporales si se entristece.


Virginia.


Su presencia hace que mi cerebro se comporte igual que un erizo de mar y se de la vuelta tan despacio que es imposible encontrarle la boca.


Ahí está la clave.


El día que se crearon los números y éstos aportaron a la realidad el glorioso advenimiento de las proporciones, Virginia encontró un moribundo erizo de mar. Sosteniéndolo sobre las manos lo contempló durante siglos, tiempo que tardó en dar su primera vuelta. El erizo estaba tan asustado que empezó a quedarse calvo y Virginia le sopló las alopecias dejando marchar al aire las finas y elegantes espinas de sus cerebros. Y de ese modo, como si se tratara de una flor molinillo, el erizo fue expandiendo sus púas a forma de palancas sobre el universo. Algunas de estas, se clavaron con tal amor en los horizontes de azulejo, que sacaron como estaba previsto las gravedades de los suelos en las que se mantenían y columnas árabes emergieron por sí solas a forma de aplauso ante tal hazaña. No me explico si no, el surgimiento de la hermosura.


Justo cuando termino me doy cuenta de que Virginia tiene el mentón parabólico y el ojo es el foco de mis soledades. No sólo eso: ¡sus proporciones son argénticas!


Virginia, tan guapa que podría jugar al ajedrez con Ivonne y ganarle los pianos.


Soy asíntota.


Estoy a nada de rozar la belleza.

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